Porque en Siria también han muerto periodistas ciudadanos

Combatientes en Aleppo

Ayer, en el programa Más Vale Tarde, vespertino de información y debate de laSexta, se abordaba una vez más el tema que nos tiene preocupados desde los atentados del pasado 13 de noviembre en París: la amenaza terrorista del Daesh.

En una de las conexiones con expertos, alguien mencionó el hecho de que en la guerra que tiene lugar en Siria e Irak, en los territorios controlados por la organización terrorista, no existen, como es habitual en otros conflictos bélicos, periodistas sobre el terreno que nos puedan relatar lo que allí sucede. Fue un comentario tangencial, dentro de un análisis que abordaba temas más sustanciales, pero que aprovechó el veterano periodista Miguel Ángel Aguilar, contertulio del programa, para arremeter, con su sorna habitual, contra el periodismo ciudadano.

Venía a preguntarse el periodista, con fingida sorpresa ante la afirmación de que no existen periodistas presentes en el conflicto, que dónde estaban entonces esos periodistas ciudadanos con sus móviles, que cómo no enviaban información. La ironía era evidente, y Manu Marlasca, jefe de investigación de laSexta, tradujo a lenguaje formal lo que encerraba: “periodismo es lo que hacen los profesionales”.

Nada que objetar, por supuesto, acerca de la opinión de ambos periodistas, totalmente lícita y respetable, sobre el periodismo ciudadano. Lógicamente, no la comparto. Mis años formando parte del equipo de Periodismo Ciudadano, revisando a diario información sobre el desarrollo de ese fenómeno me aportan otra visión. Pero no es ahora momento de ahondar en esa discusión. Lo que pretende este post es explicar por qué creo que Miguel Ángel Aguilar –a quien por otra parte admiro como periodista desde hace ya mucho– se equivocó ayer.

En primer lugar, pienso que la alusión al periodismo ciudadano, y más en el tono irónico con que se hizo, estaba fuera de lugar. No cabe bromear en el contexto de un tema tan serio y preocupante, ni siquiera por distender, y la situación que sufren quienes se han visto obligados a vivir bajo la tiranía del Daesh no es como para hacer chistes preguntándonos por qué no hacen fotos con sus móviles y nos las mandan.

Pero más allá de eso, existe una poderosa razón de respeto, el que se debe a los que, sin ser periodistas profesionales, han dado su vida en el conflicto sirio por intentar informar. Simplemente por eso.

Gráfico de muertes en el conflicto sirioUn artículo de Pew Research Center, de agosto de 2013, –“Another casualty of war in Syria—citizen journalists”–, analizaba informes del Committee to Protect Journalists y Reporteros Sin Fronteras sobre el número de periodistas muertos en el conflicto sirio. A pesar de que los datos de ambas organizaciones, aunque cercanos, no coinciden exactamente –a causa de la dificultad de hacer un recuento certero de víctimas en una guerra de esas características–, sí que nos aproximan a una realidad que no podemos obviar. Según RSF –que comenzó a incluir en sus informes la categoría de “periodistas ciudadanos” a finales de 2010, coincidiendo con las revueltas de la Primavera Árabe–, un 73% de los informadores muertos en Siria entre 2011 y 2013 eran periodistas ciudadanos.

Para quien quiera saber más sobre la labor de los periodistas ciudadanos en la guerra en Siria, el texto de Pew Research incluye enlaces a artículos de The New York Times, Journalism.co.uk y Radio Free Europe/Radio Liberty. También se pueden consultar los artículos con la etiqueta “Siria” en PeriodismoCiudadano.com

La periodista Zaina Erhaim, (@ZainaErhaim), coordinadora del Institute of War and Peace Reporting, (@IWPR), y cofundadora de los Local Coordination Committees en Siria, que ha capacitado a unos 100 periodistas ciudadanos para cubrir aquella guerra –aproximadamente un tercio de esa cifra mujeres–, explica también como muchos de ellos han terminado detenidos por el régimen de Bashar al-Asad o asesinados por Daesh: “Quería ayudar a mis compañeros periodistas ciudadanos. Siento la responsabilidad de terminar aquello por lo que murieron mis colegas y amigos. Murieron para que el mundo vea lo que está pasando.”

A la vista del testimonio de Zaina y las múltiples referencias publicadas sobre el fundamental papel del periodismo ciudadano en la complicada cobertura informativa de la guerra en Siria, no parece muy acertado menospreciarlo. A los hombres y mujeres que se han decidido a cumplir esa función –e incluso han dado la vida por realizarla–, se les puede llamar periodistas ciudadanos o no. Realmente eso importa poco. Pero existen y se han dedicado a informar dentro de sus posibilidades, asumiendo grandes riesgos. Y esto sí es importante y digno de respeto.

Quizá Miguel Ángel Aguilar desconozca la realidad de esas gentes sirias que muchos no dudamos en llamar periodistas ciudadanos. O puede que ayer, sencillamente, la pasara por alto. Pero en cualquier caso –y aunque dudo que lo hiciera con ningún mal ánimo–, creo que se equivocó al ironizar sobre el periodismo ciudadano dentro de ese contexto concreto. Las personas que en Siria han muerto por intentar informarnos del conflicto –ya fueran periodistas profesionales, ya simples ciudadanos– se merecen, cuando menos, nuestro reconocimiento.

Imagen de cabecera | “Violence continues to sweep across Aleppo” de Freedom House bajo licencia Creative Commons (CC BY 2.0)

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Rajoy, el expresidente

Mariano Rajoy

Desde hace tiempo, ya con anterioridad a que llegara a la presidencia del gobierno, vengo teniendo la sensación –aunque con más de pálpito que de teoría desarrollable– de que el verdadero objetivo personal de Rajoy no ha sido nunca otro mas que llegar a ser expresidente.

Ocupar la presidencia hasta el fin de la legislatura, y además con mayoría absoluta de su grupo en el Parlamento, ya le ha servido para impregnarse hasta los huesos de los efluvios del poder y de paso devolver la bofetada a aquellos que nunca confiaron en él o incluso le utilizaron como diana para sus burlas. “Ríe mejor quien ríe el último”, debió pensar Rajoy cuando pisó por primera vez La Moncloa como inquilino entrante, imaginando ya, posiblemente, la cara que se le quedaría a más de uno cuando comprobaran que el designado para ser un presidente títere les iba a salir respondón.

Rajoy ha recorrido la legislatura flotando, sin tocar suelo, consiguiendo de forma casi milagrosa que ninguno de los gigantescos socavones que se iban abriendo a su paso se lo tragara hasta hacerle desaparecer. Y nunca ha parecido que la visión de esas abismales profundidades bajo sus pies haya logrado perturbarle. “Es su carácter”, dirían los que afirman conocerle bien. Pero, con independencia de que eso pueda ser cierto, me atrevo a aventurar que algo que ver en ello ha tenido también su vocación de expresidente.

De ir bien encaminado mi pálpito, la presidencia para Rajoy solo ha representado un paso necesario, ineludible, para lograr la ansiada condición de expresidente. ¿Por qué entonces preocuparse en exceso por los avatares y contrariedades que el paso por la jefatura del gobierno conlleva? Como fase obligada para el acceso a un estado más elevado –ha debido considerar Rajoy durante la legislatura–, lo mejor era ir dejando que el tiempo transcurriera, aplazar decisiones que solo podían complicarle la vida y ofrecer pocas explicaciones, ninguna mientras fuera posible.

En este estado de cosas hemos llegado a la inminente campaña electoral, donde seguramente veamos al Rajoy mejor dotado en las artes del paripé, intentando hacernos creer en su sincero deseo de seguir gobernando España. Quizá engañe a algunos, puede que a muchos, pero yo seguiré instalado en la sensación de que su más íntimo anhelo es perder las elecciones, o en su defecto ser apeado de la presidencia por las exigencias de algún aliado tan necesario como tiquismiquis.

Porque, bien pensado, ser expresidente es infinitamente mejor que ser jefe de gobierno. Te sacudes las responsabilidades, se olvida lo malo que hayas podido hacer, te mantienen el tratamiento y puedes opinar, aconsejar y regañar cuanto te dé la gana como si fueras el más sabio de los mortales sin que nadie se atreva a rechistarte. Quizá te critiquen algo, alguna vez, pero será cosa de poco y no pondrá en peligro tu preeminente posición política, social e histórica. Serás, ya para siempre, un gran estadista, un líder de opinión internacional. Lo más.

Visto así, y si mi pálpito es acertado, no me digan que el de Rajoy es mal plan. Y es que todos esos que aseguran conocerle bien, además de hablar de su carácter, suelen a menudo decir de él algo más: “Rajoy de tonto no tiene un pelo”.

Imagen de cabecera | “Rajoy asiste al debate del Proyecto de Presupuestos”, de La Moncloa Gobierno de España, bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0.

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Humanitario

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Si algo incorregible tiene el periodismo es su tendencia a retorcer el idioma y acuñar términos imposibles que, para desgracia –y por culpa– de todos, terminan instalándose en el vocabulario común. El actual drama de los refugiados sirios intentando llegar a los países europeos ha servido a informadores y opinantes para recuperar con fuerza una de esas horrendas y erróneas expresiones: “crisis humanitaria”.

Periodistas de renombre y tertulianos muy dignos y sesudos no encuentran reparo en acudir al término para describir la masiva llegada a Europa de personas que abandonan su patria huyendo del horror y la crueldad de una guerra despiadada e interminable. La expresión, atendiendo al contexto en que la utilizan quienes sin pudor la esgrimen, parece ser que debiera también transmitirnos el sufrimiento que padecen esas personas, su angustia, su desesperanza. El destierro y el dolor adjetivados como “humanitarios”. Tremendo.

Regugiados sirios

Pero indudablemente mucho mejor de lo que yo pueda aquí hacerlo ya reflexionó Fernando Lázaro Carreter sobre lo horripilante del término, con su ironía y humor característicos, en uno de sus “dardos”, artículos en prensa dedicados a poner de relieve el maltrato hacia la lengua española por parte de los medios de comunicación –al final de este post menciono los dos libros que compilan esos artículos.

Data el citado artículo, titulado “Humanitario” –al igual que este post, como homenaje–, de 1994. Cito aquí el comienzo de dicho texto:

Los brutales acontecimientos de Ruanda han sido calificados por bastantes medios de comunicación como catástrofe “humanitaria”, cuando es precisamente lo humanitario lo menos catastrófico de aquel horror. De nuevo, atropellados comunicadores mal avenidos con el idioma español, han vuelto a incurrir en desidia profesional agrediendo con ella a lectores y oyentes. […]

[…] Se ha producido en tales agresores el pueril entusiasmo que desencadena en los niños un juguete nuevo. Porque es evidente –pues ignoran su significado– que desconocían aquel adjetivo, y lo han descubierto con motivo del horror ruandés, por la “ayuda humanitaria” a que ha dado lugar. Les ha gustado mucho, y han interpretado tal expresión como vagamente alusiva a la humanidad: “humanitario” sería algo así como ‘que tiene que ver con los humanos’, representados en este caso por aquel mísero pueblo de África. Ignoran de ese modo, cuadrupedalmente, que lo “humanitario” es lo que «mira o se refiere al bien del género humano», y más esencialmente, lo que se siente o se hace por humanidad, es decir, por «sensibilidad o compasión de las desgracias de nuestro semejantes», según define el Diccionario.

Continúa el artículo –de muy recomendable lectura, como todos los “dardos” de su autor– con ejemplos y razones sobre lo erróneo del término, pero ya en este inicio apunta el académico hacia la raíz del problema: al periodismo, tan proclive a adjudicar etiquetas, le importa más bien poco la corrección idiomática. Lo suyo es la grandilocuencia, el sensacionalismo incluso, aunque para alcanzarlos haya de inventar nuevos palabros o cambiar el significado a los vocablos ya existentes. Y un simple “crisis humana” –expresión correcta, como señala Lázaro Carreter– no suena ni de lejos tan impactante como el “crisis humanitaria” al que los periodistas siguen acudiendo cada vez que un colectivo humano pasa por una trágica situación.

Si el bueno de Don Fernando levantara la cabeza, podría comprobar que sus apreciaciones han hecho poca mella en el empecinado errar periodístico, y que la agresión al idioma –como otras muchas de las que advirtió en sus artículos– pervive aún años después de que avisara de ella. Aunque seguro que ya entonces sabría el académico que de nada sirve pretender corregir a quien encuentra la excelencia en sus errores.

Porque, parafraseando la máxima periodística atribuida a William Randolph Hearst, podríamos asumir como establecida otra norma no escrita del periodismo: “No dejes que tu preocupación por el uso correcto del idioma te estropee un buen titular”.

Imágenes | “Joven madre cruzando la frontera siria con su bebé”, de ACNUR — UNHCR, bajo licencia Creative Commons (CC BY-NC 2.0) / Refugiados sirios en Budapest, Hungría, esperando poder continuar su viaje hacia Austria y Refugiados sirios llegando en bote a una playa de la isla griega de Kos, ambas de la International Federation of Red Cross and Red Crescent Societies bajo licencia Creative Commons (CC BY-NC-ND 2.0)

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La vida exagerada

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Hace unos días, un atleta español era entrevistado por una cadena de televisión tras vencer en una prueba internacional: la carrera había sido “muy muy dura”, los rivales “muy muy fuertes”.

No pongo en duda el mérito de nuestro atleta en esa victoria, ni la dureza de la prueba o la fortaleza de sus competidores. Las imágenes que acompañaban a la entrevista así lo atestiguaban. Pero no dejó de resultarme curioso que el deportista necesitara recalcarlo con el especial énfasis que aportaba el doble muy, repetido como por miedo a que un solo adverbio superlativo no llegara a denotar toda la contundencia del sumo grado que quería expresar.

Inevitablemente recordé la profusa utilización en los últimos tiempos de algunos prefijos también superlativos (super, mega, hiper…) que parecen haber llegado con el ánimo de desterrar a sufijos que durante siglos cumplieron escrupulosa y calladamente su función, sin el afán de notoriedad que sus sucesores revelan.

Así, lo que antes era “monísimo” se califica ahora de “supermono”, como si la irrupción del prefijo aportara un extra de gracia y lindura que el sufijo no acierta a destacar. En realidad, ambos términos significan lo mismo. Y desconozco por qué, en algún momento, alguien decidió que usar super era más moderno y más guay. Aunque en el ejemplo concreto aquí utilizado el uso del sufijo no deje lugar a dudas y el del prefijo nos pueda hacer pensar también en un mono particularmente grande, nada lindo ni agraciado.

Otro desplazamiento en esa dirección, si bien ya fuera del ámbito estricto de los superlativos, me preocupa particularmente. No sé cuándo se produciría el transvase de significado, pero ahora ya nada “nos impresiona”, todo “nos impacta”.

Confieso, y soy sincero, que la idea de que algo me impacte me desasosiega. Me hace recordar esa sensación de propio dolor cuando presenciamos un violento percance ajeno. Ese contener por un instante la respiración, empatizando con el sufrimiento del afectado, al contemplar cómo una pierna se quiebra o una rodilla se sale de su sitio. Algo similar siento al imaginar que puedo recibir un impacto, de donde sea que venga y como quiera que se produzca. Casi me duele ya antes de recibirlo.

Pero imagino que de eso se trata, de comunicar sensaciones extremas. Y decir que algo nos ha impactado suena mucho más dramático, transmite mucha más tensión, que reconocer que nos ha causado impresión. ¿Por qué quedarnos simplemente impresionados cuando por la misma causa –y al mismo precio– podemos ser objeto de un tremendo impacto? Pues eso.

Si acudimos a la RAE en busca de arbitrio para este dilema, comprobaremos que es correcto el uso de ambos términos, aunque la consulta nos aporta algún matiz. El verbo impresionar, en su segunda acepción, ofrece este significado:

Impresionar: Conmover el ánimo hondamente.

Impactar, por su parte, y también en su acepción segunda, dice lo siguiente:

Impactar: Impresionar, desconcertar a causa de un acontecimiento o noticia.

Como se puede comprobar, el verbo de moda hereda significado del que está cayendo en desuso. Esto es, estamos dando más valor a la copia –para mí una mala copia– que al original. Con un agravante más: cualquiera de nosotros puede ser impresionable, pero ¿impactable?

No sé ni cómo ni por qué, pero nos hemos instalado, también en el lenguaje, en el territorio de lo superlativo, de lo sobredimensionado, de lo espectacular. Parece que todo lo que nos rodea ha de ser o suceder en grado extremo, acariciando la frontera de lo inaudito. Que la vida no existe si no la forzamos hasta sus últimos límites incluso en los pequeños actos cotidianos.

Vivimos una vida exagerada, y todo lo exagerado es irreal. ¿Acaso será eso lo que buscamos en la exageración, huir simbólicamente de la realidad? No, esto resulta demasiado profundo para encontrar expresión en un “super”, un “muy muy” o algún que otro “impacto”. Es muy posible que la razón sea mucho más banal. Quizá solo se trate de intentar darnos importancia. Una importancia irreal. Sin más.

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Annika Bengtzon y la Marca España

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Annika Bengtzon, intrépida reportera de sucesos del diario sueco Kvällspressen, es un personaje de ficción creado por Liza Marklund para protagonizar su exitosa serie de novelas policiacas.

El personaje no necesita más presentación. Quien no haya leído las novelas, posiblemente haya visto alguna de las películas realizadas sobre esa serie, con la actriz Malin Crépin (en la imagen de cabecera de este post) en el papel de la periodista.

Yo veía anoche la última de las películas realizadas, que coincide –creo– con la última novela publicada de la serie, “En plats i solen” –“Un lugar en el sol” en la traducción del título al español.

Portada de Un lugar en el solLa acción transcurre en España, y más en concreto en Marbella, lugar bien conocido por la autora de la novela por ser uno de sus lugares de residencia. Allí, en una de las casas de una urbanización de lujo y en lo que según las primeras apariencias ha sido un robo ordinario, resultan muertos un matrimonio y sus dos hijas.

El padre de familia fallecido resulta ser un famoso ex jugador de hockey sueco, así que ahí tenemos a Annika volando desde Estocolmo hacia la Costa del Sol para cubrir la noticia. Como cabía esperar, finalmente no se trata de un simple robo, y siguiendo su habitual proceder la reportera se confundirá con la detective para investigar y resolver el caso. Pero no voy a ahondar aquí en la trama, no quiero desvelar lo que sucede. Lo que trae a este post la película en cuestión es la imagen que de España, representada por Marbella, se da en ella.

Antes de continuar, he de hacer una aclaración y exponer una duda. La aclaración es que no he leído la novela, por lo que desconozco si lo narrado en la película es relato fiel o libre de aquella. La duda es si, en el caso de ser relato fiel, tiene Liza Marklund algo contra Marbella.

Pero mejor me explico concretando. De acuerdo con algunas situaciones de la trama, Marbella –España por extensión– sería, siendo generosos, un lugar en vías de desarrollo, donde la civilización moderna no ha terminado de asentarse. Vamos a los hechos:

El GPS no funciona

Casi recién aterrizada Annika en la Costa del Sol comienzan sus problemas con España. Con un coche de alquiler y dirigiéndose a una cita prefijada, el navegador del coche la lleva a enfurecer después de dar vueltas y más vueltas en una rotonda sin saber por dónde debía salir de ella.

Aunque no se ven, los problemas con el GPS debieron ser más que los de la rotonda, pues llega a su cita con una hora de retraso. El hombre que la esperaba, un compatriota sueco que trabaja con la policía española, achaca los problemas del navegador a que la zona siempre está en obras, pero no deja de sentenciar que “aquí no sirve de nada el GPS”.

La mordida (1)

Acompañada de una guía local, española casada con un sueco, Annika visita la casa donde han tenido lugar los hechos. En la calle nada hace ver que aquel lugar haya sido escenario de un crimen, no hay vehículos ni sello policial alguno. Pero cuando la guía llama a la puerta exterior de la vivienda, un policía –única presencia humana en la casa– se acerca por el jardín cual mayordomo.

El policía niega la entrada a las mujeres en un principio, pero tras ser informado por la guía de que Annika era amiga de la familia y quisiera despedirse –¿de la casa?– accede a dejarlas pasar. El tour es completo, con visita a todas las habitaciones. La periodista tiene incluso la ocasión de quedarse a solas en algunas de ellas y tomar fotos con su móvil. La guía le confesará que esto ha sido posible porque ha sobornado al policía.

La conexión perdida

Por la noche, ya en su habitación del hotel, Annika intenta trabajar con su portátil. Pero la conexión a Internet es mala, pésima, y un vídeo que ha de visionar no termina nunca de cargar. La periodista no lo expresa verbalmente, pero se intuye que sus maldiciones van dirigidas a ese lugar sin civilizar en que se halla.

La mordida (2)

Si ya es extraño que un solo policía custodie el escenario del crimen y permita visitas al mismo bajo soborno, lo es aún más que ese sistema de compra de voluntades sirva para que los funcionarios de una prisión acompañen a un visitante, un simple civil, hasta la celda de un preso. Sí, hasta la misma celda. Sucede.

Escena de Un lugar en el sol

Así pues, cobertura deficiente de GPS y Wifi y una policía y un funcionariado de prisiones fácilmente corruptibles. Un perfecto panorama de subdesarrollo en la Marbella que describe la película. Una Marbella en la que además vive Liza Marklund, autora de la novela en que se basa.

Y para rematar el retrato, ante las posibles conexiones del crimen con el tráfico de drogas, el nuevo redactor jefe del Kvällspressen –un incompetente nombrado tras renunciar Annika a ese cargo– decide, para la serie de artículos sobre el caso de la familia asesinada, rebautizar la Costa del Sol como Costa de la Cocaína: “¿Cómo van las cosas en Costa Cocaína?” –pregunta a la reportera cuando habla con ella por teléfono.

Está bien y es necesario que la ficción se tome sus licencias. De otra forma no sería ficción. Pero desvirtuar completamente la imagen de un país excede esa necesidad. Los episodios de soborno se podrían haber resuelto de otra manera más creíble, menos disparatada –¿en qué país alguien llega a una cárcel y tras pedir ver a tal o cual preso es conducido sin más, con soborno o sin él, hasta su celda?–, y las deficiencias de cobertura no aportan nada a la trama salvo hacer notar, precisamente, el grado de subdesarrollo tecnológico del lugar donde los hechos acontecen.

Esto me hace regresar a la duda que ya expuse anteriormente. Si el guión de la película es reflejo fiel de la novela –que como dije no he leído–, ¿tuvo problemas Liza Marklund con la conexión a Internet en su casa marbellí? ¿Se perdió alguna vez en las carreteras o ciudades andaluzas por culpa del GPS? Y en el caso de ser esos episodios licencia del guionista o guionistas, ¿qué les ha hecho Marbella para tratarla tan mal?

Como sea, no es algo nuevo. Si la Marca España dependiera de la imagen que del país se da en muchas películas y series de televisión extranjeras, mejor que nos rindiéramos. Solo espero que ningún ciudadano sueco –o extranjero en general– de los que se creen todo lo que la televisión cuenta, aunque sea pura ficción –y de éstos los hay en todas partes–, haya decidido alguna vez alterar su plan de vacaciones por culpa de las vicisitudes y contratiempos de Annika Bengtzon en la Costa del Sol.

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