Isabel Pantoja, Ana Mato, Cristina de Borbón… Tres mujeres de reconocida independencia, con carreras propias –en lo artístico, lo político, lo profesional–, que cuando han sentido sobre sus cabezas el peso de la acusación no han dudado en despojarse de esa condición de mujeres independientes para descargar la responsabilidad de sus presuntas culpas en el otro: “Mire usted, señor juez, que yo, ni remota idea de lo que tramaba mi santo”.

En el caso de la menor de las infantas de España, las filtraciones que publica la prensa sobre su declaración hoy mismo ante el juez aseguran que ha argumentado en su defensa que “confiaba mucho en su marido” y desconocía el funcionamiento y gestión de las organizaciones cuyas actividades han llevado a la pareja ante los tribunales.

Sin menoscabo de la justa presunción de inocencia, creo que para el común de los mortales –salvo crédulos bienintencionados e interesados en cualquier forma en defender la inocencia de la infanta– resulta una pobre excusa. Cuesta imaginar, con los indicios y pruebas disponibles, que Cristina desconociera el trasfondo de esas actividades de las que ahora declara haberse mantenido al margen.

Aunque no podemos reprochar a la infanta –ni a cualquier otro imputado o acusado– su voluntad de defenderse con cualquier argumento a su alcance, por ridículo que nos parezca. Lo preocupante es que sean sus abogados quienes diseñen esa estrategia de defensa y menosprecien la inteligencia de la justicia y los ciudadanos sosteniendo que Cristina siempre actuó por “fe y amor a su marido”.

Una curiosa tesis que ya algunos medios se encargaron de desmontar desde el punto de vista jurídico, pero que, desde otra perspectiva, nos retrotrae a un tiempo afortunadamente ya pasado en que la dependencia absoluta de la mujer casada, sometida sin posibilidad de escapatoria digna a la caprichosa voluntad del marido, no era una oportuna excusa sino una triste realidad. Usar en estos tiempos ese argumento –por más que ahora se vista de “fe y amor”, frente a la antigua imposición política– es, sencillamente, ignominioso.

In silence

Mujeres que por su posición –social, política, institucional– debieran ser ejemplo de conducta no pueden prestarse a esa farsa del “machismo conveniente” para salvarse del castigo por errores que nunca debieron cometer. Esa misma posición que les ha concedido privilegios reclama como contrapartida responsabilidades. Una de ellas, contribuir a la igualdad dignificando el papel de la mujer en la sociedad. Justo lo contrario de lo que hacen con sus lamentables alegaciones exculpatorias.

Si son inocentes –y no soy yo quien pretenda ponerlo en duda–, que lo demuestren. Pero que no recurran a los fantasmas del pasado para justificar torpemente sus presuntas malas acciones. Solo eso, con independencia de lo que determinen los tribunales, merecería un simbólico pero firme castigo. El de la sociedad mostrando su desprecio.

Imágenes | “El otro lado”, de ::: M @ X :::, bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0 / “In silence 2”, de Eddi, bajo licencia CC BY 2.0

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