Desde hace tiempo, ya con anterioridad a que llegara a la presidencia del gobierno, vengo teniendo la sensación –aunque con más de pálpito que de teoría desarrollable– de que el verdadero objetivo personal de Rajoy no ha sido nunca otro mas que llegar a ser expresidente.

Ocupar la presidencia hasta el fin de la legislatura, y además con mayoría absoluta de su grupo en el Parlamento, ya le ha servido para impregnarse hasta los huesos de los efluvios del poder y de paso devolver la bofetada a aquellos que nunca confiaron en él o incluso le utilizaron como diana para sus burlas. “Ríe mejor quien ríe el último”, debió pensar Rajoy cuando pisó por primera vez La Moncloa como inquilino entrante, imaginando ya, posiblemente, la cara que se le quedaría a más de uno cuando comprobaran que el designado para ser un presidente títere les iba a salir respondón.

Rajoy ha recorrido la legislatura flotando, sin tocar suelo, consiguiendo de forma casi milagrosa que ninguno de los gigantescos socavones que se iban abriendo a su paso se lo tragara hasta hacerle desaparecer. Y nunca ha parecido que la visión de esas abismales profundidades bajo sus pies haya logrado perturbarle. “Es su carácter”, dirían los que afirman conocerle bien. Pero, con independencia de que eso pueda ser cierto, me atrevo a aventurar que algo que ver en ello ha tenido también su vocación de expresidente.

De ir bien encaminado mi pálpito, la presidencia para Rajoy solo ha representado un paso necesario, ineludible, para lograr la ansiada condición de expresidente. ¿Por qué entonces preocuparse en exceso por los avatares y contrariedades que el paso por la jefatura del gobierno conlleva? Como fase obligada para el acceso a un estado más elevado –ha debido considerar Rajoy durante la legislatura–, lo mejor era ir dejando que el tiempo transcurriera, aplazar decisiones que solo podían complicarle la vida y ofrecer pocas explicaciones, ninguna mientras fuera posible.

En este estado de cosas hemos llegado a la inminente campaña electoral, donde seguramente veamos al Rajoy mejor dotado en las artes del paripé, intentando hacernos creer en su sincero deseo de seguir gobernando España. Quizá engañe a algunos, puede que a muchos, pero yo seguiré instalado en la sensación de que su más íntimo anhelo es perder las elecciones, o en su defecto ser apeado de la presidencia por las exigencias de algún aliado tan necesario como tiquismiquis.

Porque, bien pensado, ser expresidente es infinitamente mejor que ser jefe de gobierno. Te sacudes las responsabilidades, se olvida lo malo que hayas podido hacer, te mantienen el tratamiento y puedes opinar, aconsejar y regañar cuanto te dé la gana como si fueras el más sabio de los mortales sin que nadie se atreva a rechistarte. Quizá te critiquen algo, alguna vez, pero será cosa de poco y no pondrá en peligro tu preeminente posición política, social e histórica. Serás, ya para siempre, un gran estadista, un líder de opinión internacional. Lo más.

Visto así, y si mi pálpito es acertado, no me digan que el de Rajoy es mal plan. Y es que todos esos que aseguran conocerle bien, además de hablar de su carácter, suelen a menudo decir de él algo más: “Rajoy de tonto no tiene un pelo”.

Imagen de cabecera | “Rajoy asiste al debate del Proyecto de Presupuestos”, de La Moncloa Gobierno de España, bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0.

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