“¡Ay, si no amaneciera mañana…!”

Esta frase le venía asaltando durante todo el día de manera pertinaz, sin que los esfuerzos por desterrarla de su cabeza y ocupar el pensamiento en otras cosas resultaran fructíferos. La había escuchado, hacía ya tiempo, en boca de un familiar de edad avanzada y frágil estado de salud, hastiado de días y más días de hospital sin que nadie, ni los médicos ni tan siquiera aquella voluntariosa y radiante enfermera que se desvivía por animarle en todo momento, consiguiera infundirle la menor esperanza de que sus males fueran a encontrar remedio. Dormir y no despertar jamás, no ver otro amanecer. Era todo lo que su pariente pedía a la vida, que ésta le abandonara durante el sueño, sin adioses ni ceremonias.

En aquel momento lo entendió como un deseo razonable. Comprendía a aquel anciano desesperanzado, fatigado de vivir, sin un mañana confortable por el que seguir respirando. Su lucidez le pareció entonces digna de admiración, casi heroica. Pero hoy, con la maldita frase resonando una y otra vez en su interior, sin concederle un instante de paz, la duda había comenzado a abrirse paso. ¿Era realmente admirable aquel deseo de morir, de renunciar a la vida? No se encontraba en la motivación de aquel viejo enfermo, ciertamente. ningún afán suicida, ni tampoco obedecía su determinación a ningún impulso cobarde por huir sin más del dolor y la enfermedad. Se sentía acabado, lo había manifestado más de una vez durante aquellos días de hospitalización. Un ser inútil, sin nada que ofrecer ya a los demás salvo molestias y complicaciones. Lo mejor, para él y para todos, de acuerdo con su razonamiento, era desaparecer definitivamente.

La lógica del anciano le pareció siempre incontestable. Hasta hoy, que se había reencontrado con aquella frase y con cada reverberar de ésta en su cerebro brotaban de algún rincón del mismo argumentos que refutaban los que invitaban a aquel hombre a abrazarse a la muerte. Al fin y al cabo, venían a decirle estas nuevas razones, ¿quién sabe lo que sucederá mañana? Una nueva cura para una enfermedad mortal, un golpe de suerte en la lotería, un amor inesperado… Casi cada problema que hoy nos atenaza puede encontrar mañana una solución con la que no contábamos. Hasta en la peor de las situaciones queda espacio para la esperanza, para el milagro incluso.

Así había ido transcurriendo su día, entre el repiqueteo de la frase y la amortiguación de los nuevos pensamientos que pretendían diluirla. Una jornada difícil, mentalmente agotadora. Y además del todo inoportuna. No estaba en el mejor de sus momentos. Jubilado reciente, sin familia directa a la que aferrarse o desquiciar, la inactividad le estaba consumiendo. Hacía ya años que su esposa le abandonó, y desde entonces la relación con sus hijas se fue deteriorando hasta tornarse inexistente. Se había quedado solo, con la fábrica donde trabajó desde joven como nuevo y único hogar. Todo su mundo era una cadena de montaje en la que ya no tenía sitio. Fuera de ella, solo le quedaban la lectura, afición que siempre cultivó, y el rato del mus en el bar de la esquina.

La partida de cartas cubría ahora sus necesidades de interacción social y era a un tiempo marco para una tertulia de jubilados en la que, se hablara de lo que se hablara, la crisis económica aparecía inevitablemente como trasfondo. Así estaban los tiempos, y no se vislumbraban mejoras en un horizonte cercano. Lo que más preocupaba de esta situación a aquellos jugadores era su papel en la tragedia que estrangulaba al país. A menudo leían o escuchaban a clarividentes economistas y políticos que presumían de sensatos refiriéndose a ellos, los pensionistas, más como un estorbo económico que como personas que se han dejado la piel trabajando para merecerse un final de sus existencias tranquilo y desahogado.

Era en ese tema donde siempre, de forma invariable, la tertulia devenía en discusión acalorada. Mientras los otros compartían la indignación por lo que consideraban un desprecio no exento de crueldad, él se mostraba de acuerdo con esa visión que los convertía en obstáculo para que, entre otras cuestiones, la juventud pudiera salir adelante y no tuviera que emigrar o resignarse al mal empleo o la nada. Lo que tenían ellos que hacer, argumentaba cargado de razón ante sus compañeros de partida, era quitarse de en medio y que el estado empleara el dinero que gastaba en sus pagas en cosas mejores y más necesarias para el país. El acuerdo en este punto, como es de suponer, nunca llegaba, aunque sus compañeros de juego jamás creyeron que dijera aquellas cosas en serio. Eran tan solo ganas de llevar la contraria, preferían pensar.

Hoy no había ido al bar. Con la frase taladrándole el cerebro no estaba para chica ni grande, y mucho menos para tertulias. Tampoco había abierto el libro del que ya le quedaban pocas páginas por leer, “Claraboya”, de Saramago. Había sido un día de cuerpo tendido en el sofá, frente a una televisión encendida a la que no había hecho caso, más ocupado en intentar expulsar de sus pensamientos, sin demasiado éxito, a la dichosa frase. Tampoco había comido nada, ni tenía ahora, que acababan de dar las diez de la noche, apetito para cenar. Solo deseaba descansar del martilleo mental, nada más. Se levantó por fin del sofá y, tras pasar por la cocina para servirse un vaso de leche, se retiró a su dormitorio. Allí, sobre la mesita de noche, descansaban dos cajas con las pastillas que el psiquiatra le había recetado para combatir la depresión que le causó el jubilarse. Sentado en la cama, con expresión de derrota, esperando acumular el ánimo para desvestirse antes de recostarse, dirigió la mirada hacia los medicamentos y maldijo una vez más el retumbar de la frase que le seguía atormentando: “¡Ay, si no amaneciera mañana…!”

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