La vida exagerada

Hace unos días, un atleta español era entrevistado por una cadena de televisión tras vencer en una prueba internacional: la carrera había sido “muy muy dura”, los rivales “muy muy fuertes”.

No pongo en duda el mérito de nuestro atleta en esa victoria, ni la dureza de la prueba o la fortaleza de sus competidores. Las imágenes que acompañaban a la entrevista así lo atestiguaban. Pero no dejó de resultarme curioso que el deportista necesitara recalcarlo con el especial énfasis que aportaba el doble muy, repetido como por miedo a que un solo adverbio superlativo no llegara a denotar toda la contundencia del sumo grado que quería expresar.

Inevitablemente recordé la profusa utilización en los últimos tiempos de algunos prefijos también superlativos (super, mega, hiper…) que parecen haber llegado con el ánimo de desterrar a sufijos que durante siglos cumplieron escrupulosa y calladamente su función, sin el afán de notoriedad que sus sucesores revelan.

Así, lo que antes era “monísimo” se califica ahora de “supermono”, como si la irrupción del prefijo aportara un extra de gracia y lindura que el sufijo no acierta a destacar. En realidad, ambos términos significan lo mismo. Y desconozco por qué, en algún momento, alguien decidió que usar super era más moderno y más guay. Aunque en el ejemplo concreto aquí utilizado el uso del sufijo no deje lugar a dudas y el del prefijo nos pueda hacer pensar también en un mono particularmente grande, nada lindo ni agraciado.

Otro desplazamiento en esa dirección, si bien ya fuera del ámbito estricto de los superlativos, me preocupa particularmente. No sé cuándo se produciría el transvase de significado, pero ahora ya nada “nos impresiona”, todo “nos impacta”.

Confieso, y soy sincero, que la idea de que algo me impacte me desasosiega. Me hace recordar esa sensación de propio dolor cuando presenciamos un violento percance ajeno. Ese contener por un instante la respiración, empatizando con el sufrimiento del afectado, al contemplar cómo una pierna se quiebra o una rodilla se sale de su sitio. Algo similar siento al imaginar que puedo recibir un impacto, de donde sea que venga y como quiera que se produzca. Casi me duele ya antes de recibirlo.

Pero imagino que de eso se trata, de comunicar sensaciones extremas. Y decir que algo nos ha impactado suena mucho más dramático, transmite mucha más tensión, que reconocer que nos ha causado impresión. ¿Por qué quedarnos simplemente impresionados cuando por la misma causa –y al mismo precio– podemos ser objeto de un tremendo impacto? Pues eso.

Si acudimos a la RAE en busca de arbitrio para este dilema, comprobaremos que es correcto el uso de ambos términos, aunque la consulta nos aporta algún matiz. El verbo impresionar, en su segunda acepción, ofrece este significado:

Impresionar: Conmover el ánimo hondamente.

Impactar, por su parte, y también en su acepción segunda, dice lo siguiente:

Impactar: Impresionar, desconcertar a causa de un acontecimiento o noticia.

Como se puede comprobar, el verbo de moda hereda significado del que está cayendo en desuso. Esto es, estamos dando más valor a la copia –para mí una mala copia– que al original. Con un agravante más: cualquiera de nosotros puede ser impresionable, pero ¿impactable?

No sé ni cómo ni por qué, pero nos hemos instalado, también en el lenguaje, en el territorio de lo superlativo, de lo sobredimensionado, de lo espectacular. Parece que todo lo que nos rodea ha de ser o suceder en grado extremo, acariciando la frontera de lo inaudito. Que la vida no existe si no la forzamos hasta sus últimos límites incluso en los pequeños actos cotidianos.

Vivimos una vida exagerada, y todo lo exagerado es irreal. ¿Acaso será eso lo que buscamos en la exageración, huir simbólicamente de la realidad? No, esto resulta demasiado profundo para encontrar expresión en un “super”, un “muy muy” o algún que otro “impacto”. Es muy posible que la razón sea mucho más banal. Quizá solo se trate de intentar darnos importancia. Una importancia irreal. Sin más.

Annika Bengtzon y la Marca España

Annika Bengtzon, intrépida reportera de sucesos del diario sueco Kvällspressen, es un personaje de ficción creado por Liza Marklund para protagonizar su exitosa serie de novelas policiacas.

El personaje no necesita más presentación. Quien no haya leído las novelas, posiblemente haya visto alguna de las películas realizadas sobre esa serie, con la actriz Malin Crépin (en la imagen de cabecera de este post) en el papel de la periodista.

Yo veía anoche la última de las películas realizadas, que coincide –creo– con la última novela publicada de la serie, “En plats i solen” –“Un lugar en el sol” en la traducción del título al español.

Portada de Un lugar en el solLa acción transcurre en España, y más en concreto en Marbella, lugar bien conocido por la autora de la novela por ser uno de sus lugares de residencia. Allí, en una de las casas de una urbanización de lujo y en lo que según las primeras apariencias ha sido un robo ordinario, resultan muertos un matrimonio y sus dos hijas.

El padre de familia fallecido resulta ser un famoso ex jugador de hockey sueco, así que ahí tenemos a Annika volando desde Estocolmo hacia la Costa del Sol para cubrir la noticia. Como cabía esperar, finalmente no se trata de un simple robo, y siguiendo su habitual proceder la reportera se confundirá con la detective para investigar y resolver el caso. Pero no voy a ahondar aquí en la trama, no quiero desvelar lo que sucede. Lo que trae a este post la película en cuestión es la imagen que de España, representada por Marbella, se da en ella.

Antes de continuar, he de hacer una aclaración y exponer una duda. La aclaración es que no he leído la novela, por lo que desconozco si lo narrado en la película es relato fiel o libre de aquella. La duda es si, en el caso de ser relato fiel, tiene Liza Marklund algo contra Marbella.

Pero mejor me explico concretando. De acuerdo con algunas situaciones de la trama, Marbella –España por extensión– sería, siendo generosos, un lugar en vías de desarrollo, donde la civilización moderna no ha terminado de asentarse. Vamos a los hechos:

El GPS no funciona

Casi recién aterrizada Annika en la Costa del Sol comienzan sus problemas con España. Con un coche de alquiler y dirigiéndose a una cita prefijada, el navegador del coche la lleva a enfurecer después de dar vueltas y más vueltas en una rotonda sin saber por dónde debía salir de ella.

Aunque no se ven, los problemas con el GPS debieron ser más que los de la rotonda, pues llega a su cita con una hora de retraso. El hombre que la esperaba, un compatriota sueco que trabaja con la policía española, achaca los problemas del navegador a que la zona siempre está en obras, pero no deja de sentenciar que “aquí no sirve de nada el GPS”.

La mordida (1)

Acompañada de una guía local, española casada con un sueco, Annika visita la casa donde han tenido lugar los hechos. En la calle nada hace ver que aquel lugar haya sido escenario de un crimen, no hay vehículos ni sello policial alguno. Pero cuando la guía llama a la puerta exterior de la vivienda, un policía –única presencia humana en la casa– se acerca por el jardín cual mayordomo.

El policía niega la entrada a las mujeres en un principio, pero tras ser informado por la guía de que Annika era amiga de la familia y quisiera despedirse –¿de la casa?– accede a dejarlas pasar. El tour es completo, con visita a todas las habitaciones. La periodista tiene incluso la ocasión de quedarse a solas en algunas de ellas y tomar fotos con su móvil. La guía le confesará que esto ha sido posible porque ha sobornado al policía.

La conexión perdida

Por la noche, ya en su habitación del hotel, Annika intenta trabajar con su portátil. Pero la conexión a Internet es mala, pésima, y un vídeo que ha de visionar no termina nunca de cargar. La periodista no lo expresa verbalmente, pero se intuye que sus maldiciones van dirigidas a ese lugar sin civilizar en que se halla.

La mordida (2)

Si ya es extraño que un solo policía custodie el escenario del crimen y permita visitas al mismo bajo soborno, lo es aún más que ese sistema de compra de voluntades sirva para que los funcionarios de una prisión acompañen a un visitante, un simple civil, hasta la celda de un preso. Sí, hasta la misma celda. Sucede.

Escena de Un lugar en el sol

Así pues, cobertura deficiente de GPS y Wifi y una policía y un funcionariado de prisiones fácilmente corruptibles. Un perfecto panorama de subdesarrollo en la Marbella que describe la película. Una Marbella en la que además vive Liza Marklund, autora de la novela en que se basa.

Y para rematar el retrato, ante las posibles conexiones del crimen con el tráfico de drogas, el nuevo redactor jefe del Kvällspressen –un incompetente nombrado tras renunciar Annika a ese cargo– decide, para la serie de artículos sobre el caso de la familia asesinada, rebautizar la Costa del Sol como Costa de la Cocaína: “¿Cómo van las cosas en Costa Cocaína?” –pregunta a la reportera cuando habla con ella por teléfono.

Está bien y es necesario que la ficción se tome sus licencias. De otra forma no sería ficción. Pero desvirtuar completamente la imagen de un país excede esa necesidad. Los episodios de soborno se podrían haber resuelto de otra manera más creíble, menos disparatada –¿en qué país alguien llega a una cárcel y tras pedir ver a tal o cual preso es conducido sin más, con soborno o sin él, hasta su celda?–, y las deficiencias de cobertura no aportan nada a la trama salvo hacer notar, precisamente, el grado de subdesarrollo tecnológico del lugar donde los hechos acontecen.

Esto me hace regresar a la duda que ya expuse anteriormente. Si el guión de la película es reflejo fiel de la novela –que como dije no he leído–, ¿tuvo problemas Liza Marklund con la conexión a Internet en su casa marbellí? ¿Se perdió alguna vez en las carreteras o ciudades andaluzas por culpa del GPS? Y en el caso de ser esos episodios licencia del guionista o guionistas, ¿qué les ha hecho Marbella para tratarla tan mal?

Como sea, no es algo nuevo. Si la Marca España dependiera de la imagen que del país se da en muchas películas y series de televisión extranjeras, mejor que nos rindiéramos. Solo espero que ningún ciudadano sueco –o extranjero en general– de los que se creen todo lo que la televisión cuenta, aunque sea pura ficción –y de éstos los hay en todas partes–, haya decidido alguna vez alterar su plan de vacaciones por culpa de las vicisitudes y contratiempos de Annika Bengtzon en la Costa del Sol.

La mítica (y mística) belleza del jacinto

Ayer, 17 de agosto, fue mi santo: San Jacinto.

He de reconocer, antes de continuar, que de niño, de adolescente incluso, mi nombre no me gustaba demasiado. Al fin y al cabo, era uno de los nombres elegidos por algunos humoristas para bautizar a personajes risibles, tipos simples de corto entendimiento, cuando no directamente tontos. Y alguna que otra broma tuve que sufrir a costa de eso. Afortunadamente, el mal de afección por los comentarios u opiniones de otros se cura con el tiempo, y mi nombre y yo aprendimos a convivir en armonía, teniendo ambos bien claro dónde se hallaba la raíz de nuestra personalidad.

Pero no adelantemos conclusiones. Como decía, ayer fue mi santo. Un día en el que cada año, en el santoral católico, se conmemora a San Jacinto de Cracovia (1175–1257), dominico y patrón de Polonia.

Comparto pues nombre con el santo polaco –que tampoco responde al arquetipo del que se mofaban los humoristas– y supongo que él conocería también el curioso origen de nuestro apelativo, inmerso en la fantástica riqueza de la mitología griega. Resumiendo:

Jacinto era un apuesto joven de Esparta, del que Apolo quedó prendado, dedicándole toda clase de atenciones. Un día en que, junto a otros jóvenes, jugaban a lanzar el disco, éste impactó en cierto momento contra Jacinto, resultando muerto por el golpe.

Sobre el mortal impacto existen dos versiones. Una cuenta que fue Jacinto quien, después de un lanzamiento de Apolo, corrió a atrapar el disco, con tan mala suerte que, tras rebotar éste en unas rocas, le acabó golpeando fatalmente. La otra versión atribuye a Céfiro, dios del viento, la responsabilidad sobre su muerte. Deseoso de los favores de Jacinto, y celoso ante la preferencia de su amado por Apolo, habría sido él quien desvió la trayectoria del disco para que impactara en el joven espartano.

Como fuera, Jacinto cayó muerto. Y en lo que sí coinciden ambas versiones de la leyenda es en que de su sangre, derramada por el suelo, brotó la flor que lleva su nombre: el jacinto.

La muerte de Jacinto
“La muerte de Jacinto”, según Jean Broc (izquierda), Alexander Kiselev (centro) y Giambattista Tiepolo (derecha).

Una –aunque dramática– bella historia de la que surgió una bella flor. Y que debería bastar para reconciliar a cualquier Jacinto con su nombre, si es que éste le incomoda.

Pero más allá del origen de mi nombre o del de cualquier otro que pueda llevar a chanza, existe otra razón más poderosa para erradicar el sentimiento de rechazo. Basta reflexionar sobre cómo suenan esos nombres en personajes reputados, de prestigio. Son los mismos nombres, pero cobran otran dimensión, suenan diferente. Incluso bien.

¿Por qué? Porque lo que somos no viene determinado por cómo nos llamemos sino por lo que hacemos. Y si esto es digno de respeto, elogio o admiración, a nadie –salvo a los necios– le preocupará lo más mínimo cuál es nuestro nombre.

Esa “persona”, entre comillas

Esta mañana, el fiscal que lleva el caso del presunto parricida de Moraña hablaba en una televisión nacional. Ocupado en otros asuntos, no prestaba especial atención a sus palabras, pero no he podido dejar de advertir que en cierto momento se refería al acusado del terrible crimen como “esa ‘persona’, entre comillas”.

Más allá de mis dudas sobre la conveniencia de que un fiscal se deje entrevistar por los medios durante la instrucción de un caso, me ha sorprendido el prejuicio que esa expresión encierra referida a un “presunto” criminal, aún no jugado. Y me ha llevado a la reflexión de cómo tenemos por costumbre intentar relegar a una condición “no humana” a todo aquel que comete actos que nos horrorizan.

Si el acusado del asesinato de sus propias hijas es declarado finalmente culpable, podremos decir de él, con toda justicia, que es un asesino, un criminal. Pero esto, por más que pretendamos alejarle del modelo humano aceptable, benéfico, incluso virtuoso, no le convierte en “no persona”.

Lo sabemos, pero no obstante seguimos utilizando términos como bestia, animal, monstruo, etc., para definir a quienes exceden los límites de lo que consideramos admisible dentro del comportamiento humano. Como si el clasificar a esos individuos en grupos no humanos estableciera de forma inequívoca la distancia que existe entre ellos y nosotros.

Sin embargo, no siempre es así. Nos resulta fácil etiquetar las conductas criminales, aberrantes o violentas de los que son nuestros iguales, de quienes podrían vivir en la puerta de al lado, junto a nosotros. Pero nos cuesta más aplicar el mismo criterio con muchos de aquellos que desde las alturas del poder, y sin mancharse las manos, son a veces responsables últimos de grandes tragedias humanas.

Ayer mismo naufragaba de nuevo en el Mediterráneo, frente a la costa libia, un barco repleto de inmigrantes, con el resultado de muertos y desaparecidos que sí son, eran, personas, sin entrecomillar el término. Y este naufragio –la sucesión de ellos que se viene dando últimamente– tiene responsables, si bien lo más probable será que nunca se les señale ni sean juzgados por ello.

En el caso concreto de la serie de naufragios en el Mediterráneo, diversas organizaciones de ayuda culpan a los políticos europeos de estar dejando que el mar les haga el “trabajo sucio” ante el problema de la emigración masiva hacia Europa. Es decir, de dejar morir a los inmigrantes sin mover un dedo para solucionar ese problema.

Es una acusación grave, pero no descabellada. Sería larga la lista de políticos, mercaderes, especuladores, que antes y ahora colaboran con tiranías, inician guerras o provocan crisis económicas que generan multitud de víctimas inocentes. Centenares, miles, de muertos, heridos y desplazados de los que son responsables sin que el dolor causado les afecte ni justicia alguna, en la mayoría de los casos, les pida cuentas.

¿Tendríamos también que entrecomillar el término “persona” al referirnos a ellos? Deberíamos hacerlo, si es que creemos en esos límites del comportamiento humano y pensamos que quien los quebrante ha de pertenecer necesariamente a una especie diferente de la nuestra. Pero la realidad es otra. Son personas que admiramos, votamos, encumbramos, sin pararnos a pensar en el sufrimiento que sus ambiciones provocan.

¿Será que al final, en mayor o menor grado, somos todos “personas” entre comillas?

El machismo conveniente

Isabel Pantoja, Ana Mato, Cristina de Borbón… Tres mujeres de reconocida independencia, con carreras propias –en lo artístico, lo político, lo profesional–, que cuando han sentido sobre sus cabezas el peso de la acusación no han dudado en despojarse de esa condición de mujeres independientes para descargar la responsabilidad de sus presuntas culpas en el otro: “Mire usted, señor juez, que yo, ni remota idea de lo que tramaba mi santo”.

En el caso de la menor de las infantas de España, las filtraciones que publica la prensa sobre su declaración hoy mismo ante el juez aseguran que ha argumentado en su defensa que “confiaba mucho en su marido” y desconocía el funcionamiento y gestión de las organizaciones cuyas actividades han llevado a la pareja ante los tribunales.

Sin menoscabo de la justa presunción de inocencia, creo que para el común de los mortales –salvo crédulos bienintencionados e interesados en cualquier forma en defender la inocencia de la infanta– resulta una pobre excusa. Cuesta imaginar, con los indicios y pruebas disponibles, que Cristina desconociera el trasfondo de esas actividades de las que ahora declara haberse mantenido al margen.

Aunque no podemos reprochar a la infanta –ni a cualquier otro imputado o acusado– su voluntad de defenderse con cualquier argumento a su alcance, por ridículo que nos parezca. Lo preocupante es que sean sus abogados quienes diseñen esa estrategia de defensa y menosprecien la inteligencia de la justicia y los ciudadanos sosteniendo que Cristina siempre actuó por “fe y amor a su marido”.

Una curiosa tesis que ya algunos medios se encargaron de desmontar desde el punto de vista jurídico, pero que, desde otra perspectiva, nos retrotrae a un tiempo afortunadamente ya pasado en que la dependencia absoluta de la mujer casada, sometida sin posibilidad de escapatoria digna a la caprichosa voluntad del marido, no era una oportuna excusa sino una triste realidad. Usar en estos tiempos ese argumento –por más que ahora se vista de “fe y amor”, frente a la antigua imposición política– es, sencillamente, ignominioso.

In silence

Mujeres que por su posición –social, política, institucional– debieran ser ejemplo de conducta no pueden prestarse a esa farsa del “machismo conveniente” para salvarse del castigo por errores que nunca debieron cometer. Esa misma posición que les ha concedido privilegios reclama como contrapartida responsabilidades. Una de ellas, contribuir a la igualdad dignificando el papel de la mujer en la sociedad. Justo lo contrario de lo que hacen con sus lamentables alegaciones exculpatorias.

Si son inocentes –y no soy yo quien pretenda ponerlo en duda–, que lo demuestren. Pero que no recurran a los fantasmas del pasado para justificar torpemente sus presuntas malas acciones. Solo eso, con independencia de lo que determinen los tribunales, merecería un simbólico pero firme castigo. El de la sociedad mostrando su desprecio.

Imágenes | “El otro lado”, de ::: M @ X :::, bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0 / “In silence 2”, de Eddi, bajo licencia CC BY 2.0