Hoy, en el Día de la Felicidad

Son las 10 de la mañana del domingo 20 de marzo de 2016. Los tuits de los medios españoles hablan de un terrible accidente de tráfico en Tarragona, de la reunión del ministro De Guindos con Oriol Junqueras o de la enésima encuesta sobre el futuro político español, con resultados sospechosamente convenientes para la tendencia ideológica del medio que la publica. Pero nada o casi nada dicen de que hoy entra en vigor el vergonzoso acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para la devolución de los desplazados sirios que osen intentar entrar en Europa.

“Todos los nuevos migrantes irregulares que pasen de Turquía a las islas griegas a partir del 20 de marzo de 2016 serán retornados a Turquía”, comienza anunciando la relación de líneas de actuación acordadas. Migrantes irregulares. Perverso término para definir a quienes se han visto obligados a abandonar su vida y su tierra, dejando atrás sus pertenencias y sus muertos, por culpa de una guerra cruel y brutal que ninguno de esos políticos que ahora juegan con el destino de los desplazados parece poner demasiado empeño en detener. Migrantes irregulares. Como si la accidentada y desesperada huida hacia la incertidumbre fuera solo un viaje caprichoso y arbitrario.

Cuesta imaginar que el ofensivo término aluda a quienes huyen de la guerra en Siria, pero el punto 2 de las líneas de actuación lo deja claro: “Por cada sirio retornado a Turquía desde las islas griegas, se reasentará a otro sirio procedente de Turquía en la UE”. Refugiados sirios, sí. Tratados como números, que no como seres humanos, por el nuevo orden liberal que impera en la UE. Un orden que castiga y no perdona: “Se dará prioridad a los migrantes que no hayan entrado o intentado entrar previamente de manera irregular a la UE”.

Todo está bien medido. El número de plazas de reasentamiento: 18.000. El número máximo de estas en caso de necesidades de reasentamiento adicional: 54.000. Y se establece que los 3.000 millones de euros inicialmente asignados a Turquía han de servir para financiar “proyectos concretos destinados a los refugiados, en particular en el ámbito de la salud, la educación, las infraestructuras, la alimentación y otros costes de sustento”.

Unas intenciones muy humanitarias en apariencia. Pero, en realidad, si algo certifica este acuerdo es la falta de humanidad con que la UE ha tratado a los refugiados, su indiferencia ante las condiciones de vida que han sufrido, su pasividad ante las innumerables muertes que se han producido, su tolerancia ante las racistas actitudes de algunos políticos europeos difícilmente identificables como demócratas. Y, sobre todo, su distanciamiento de un conflicto que no solo nos afecta sino que también, en sus orígenes, nos implica y nos hace responsables.

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Dice Mariano Rajoy que este es un acuerdo “sensato y responsable” y que, con su adhesión al mismo, su gobierno –actualmente en funciones– sigue defendiendo el interés general. No puede extrañarnos. Si poco le han importado durante los cuatro años de legislatura las condiciones de vida del común de los “muy españoles y mucho españoles”, sería pedirle demasiado que se preocupara por la suerte de unos “migrantes irregulares”. Y acostumbrado a gobernar de manera autocrática, arropado por la mayoría absoluta de su partido en el parlamento, tampoco ha de sorprender que para adherir a España a este acuerdo haya despreciado la opinión del resto de fuerzas políticas o que haya aceptado con la mayor naturalidad que el destino de los refugiados sirios haya sido determinado por un puñado de líderes europeos sin más debates ni consultas.

Hoy, paradójicamente, es el Día Internacional de la Felicidad:

«En estos momentos de graves injusticias, guerras devastadoras, desplazamientos masivos, miseria absoluta y otras causas de padecimientos provocados por el hombre, el Día Internacional de la Felicidad es una oportunidad mundial para proclamar la primacía de la paz mundial, el bienestar y la alegría.» — Secretario General, Ban Ki-moon

Loable deseo, pero que de poco consuelo puede servir a esos miles de seres humanos cuya existencia ha quedado expuesta al capricho de una Europa sin alma. Una Europa que hoy, a muchos de los que somos sus ciudadanos, nos avergüenza.

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Imágenes | Fotos del álbum “Idomeni: Eindrücke vom Camp” de Tim Lüddemann bajo licencia Creative Commons CC BY-NC-SA 2.0

Rajoy, el expresidente

Mariano Rajoy

Desde hace tiempo, ya con anterioridad a que llegara a la presidencia del gobierno, vengo teniendo la sensación –aunque con más de pálpito que de teoría desarrollable– de que el verdadero objetivo personal de Rajoy no ha sido nunca otro mas que llegar a ser expresidente.

Ocupar la presidencia hasta el fin de la legislatura, y además con mayoría absoluta de su grupo en el Parlamento, ya le ha servido para impregnarse hasta los huesos de los efluvios del poder y de paso devolver la bofetada a aquellos que nunca confiaron en él o incluso le utilizaron como diana para sus burlas. “Ríe mejor quien ríe el último”, debió pensar Rajoy cuando pisó por primera vez La Moncloa como inquilino entrante, imaginando ya, posiblemente, la cara que se le quedaría a más de uno cuando comprobaran que el designado para ser un presidente títere les iba a salir respondón.

Rajoy ha recorrido la legislatura flotando, sin tocar suelo, consiguiendo de forma casi milagrosa que ninguno de los gigantescos socavones que se iban abriendo a su paso se lo tragara hasta hacerle desaparecer. Y nunca ha parecido que la visión de esas abismales profundidades bajo sus pies haya logrado perturbarle. “Es su carácter”, dirían los que afirman conocerle bien. Pero, con independencia de que eso pueda ser cierto, me atrevo a aventurar que algo que ver en ello ha tenido también su vocación de expresidente.

De ir bien encaminado mi pálpito, la presidencia para Rajoy solo ha representado un paso necesario, ineludible, para lograr la ansiada condición de expresidente. ¿Por qué entonces preocuparse en exceso por los avatares y contrariedades que el paso por la jefatura del gobierno conlleva? Como fase obligada para el acceso a un estado más elevado –ha debido considerar Rajoy durante la legislatura–, lo mejor era ir dejando que el tiempo transcurriera, aplazar decisiones que solo podían complicarle la vida y ofrecer pocas explicaciones, ninguna mientras fuera posible.

En este estado de cosas hemos llegado a la inminente campaña electoral, donde seguramente veamos al Rajoy mejor dotado en las artes del paripé, intentando hacernos creer en su sincero deseo de seguir gobernando España. Quizá engañe a algunos, puede que a muchos, pero yo seguiré instalado en la sensación de que su más íntimo anhelo es perder las elecciones, o en su defecto ser apeado de la presidencia por las exigencias de algún aliado tan necesario como tiquismiquis.

Porque, bien pensado, ser expresidente es infinitamente mejor que ser jefe de gobierno. Te sacudes las responsabilidades, se olvida lo malo que hayas podido hacer, te mantienen el tratamiento y puedes opinar, aconsejar y regañar cuanto te dé la gana como si fueras el más sabio de los mortales sin que nadie se atreva a rechistarte. Quizá te critiquen algo, alguna vez, pero será cosa de poco y no pondrá en peligro tu preeminente posición política, social e histórica. Serás, ya para siempre, un gran estadista, un líder de opinión internacional. Lo más.

Visto así, y si mi pálpito es acertado, no me digan que el de Rajoy es mal plan. Y es que todos esos que aseguran conocerle bien, además de hablar de su carácter, suelen a menudo decir de él algo más: “Rajoy de tonto no tiene un pelo”.

Imagen de cabecera | “Rajoy asiste al debate del Proyecto de Presupuestos”, de La Moncloa Gobierno de España, bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0.

El machismo conveniente

Isabel Pantoja, Ana Mato, Cristina de Borbón… Tres mujeres de reconocida independencia, con carreras propias –en lo artístico, lo político, lo profesional–, que cuando han sentido sobre sus cabezas el peso de la acusación no han dudado en despojarse de esa condición de mujeres independientes para descargar la responsabilidad de sus presuntas culpas en el otro: “Mire usted, señor juez, que yo, ni remota idea de lo que tramaba mi santo”.

En el caso de la menor de las infantas de España, las filtraciones que publica la prensa sobre su declaración hoy mismo ante el juez aseguran que ha argumentado en su defensa que “confiaba mucho en su marido” y desconocía el funcionamiento y gestión de las organizaciones cuyas actividades han llevado a la pareja ante los tribunales.

Sin menoscabo de la justa presunción de inocencia, creo que para el común de los mortales –salvo crédulos bienintencionados e interesados en cualquier forma en defender la inocencia de la infanta– resulta una pobre excusa. Cuesta imaginar, con los indicios y pruebas disponibles, que Cristina desconociera el trasfondo de esas actividades de las que ahora declara haberse mantenido al margen.

Aunque no podemos reprochar a la infanta –ni a cualquier otro imputado o acusado– su voluntad de defenderse con cualquier argumento a su alcance, por ridículo que nos parezca. Lo preocupante es que sean sus abogados quienes diseñen esa estrategia de defensa y menosprecien la inteligencia de la justicia y los ciudadanos sosteniendo que Cristina siempre actuó por “fe y amor a su marido”.

Una curiosa tesis que ya algunos medios se encargaron de desmontar desde el punto de vista jurídico, pero que, desde otra perspectiva, nos retrotrae a un tiempo afortunadamente ya pasado en que la dependencia absoluta de la mujer casada, sometida sin posibilidad de escapatoria digna a la caprichosa voluntad del marido, no era una oportuna excusa sino una triste realidad. Usar en estos tiempos ese argumento –por más que ahora se vista de “fe y amor”, frente a la antigua imposición política– es, sencillamente, ignominioso.

In silence

Mujeres que por su posición –social, política, institucional– debieran ser ejemplo de conducta no pueden prestarse a esa farsa del “machismo conveniente” para salvarse del castigo por errores que nunca debieron cometer. Esa misma posición que les ha concedido privilegios reclama como contrapartida responsabilidades. Una de ellas, contribuir a la igualdad dignificando el papel de la mujer en la sociedad. Justo lo contrario de lo que hacen con sus lamentables alegaciones exculpatorias.

Si son inocentes –y no soy yo quien pretenda ponerlo en duda–, que lo demuestren. Pero que no recurran a los fantasmas del pasado para justificar torpemente sus presuntas malas acciones. Solo eso, con independencia de lo que determinen los tribunales, merecería un simbólico pero firme castigo. El de la sociedad mostrando su desprecio.

Imágenes | “El otro lado”, de ::: M @ X :::, bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0 / “In silence 2”, de Eddi, bajo licencia CC BY 2.0

Porque el cliente ya no tiene la razón… pero es posible que le queden principios

1964 ... supermarket

Quizá resulte ingenuo imaginar –o tal vez no, que ya casi nada puede sorprendernos– que accionistas y altos ejecutivos de grandes corporaciones ignoren que en el origen de los millonarios beneficios de sus empresas se halla esa gran masa de ciudadanos que ahora sufren y soportan esta profunda crisis económica cuyo final somos incapaces de vislumbrar. Ellos son, en último término, quienes aportan ese consumo necesario para que sigan convenientemente lubricados los engranajes de la economía.

La fábrica de muebles necesita que los trabajadores de la vecina fábrica de electrodomésticos ganen lo suficiente para reponer regularmente el mobiliario de sus casas. Y viceversa. O los bancos, tan aparentemente alejados de la realidad cotidiana de sus clientes, necesitan de éstos para mantener activos sus negocios.

Puede que resulte un planteamiento demasiado simple –sé de algunos que así lo considerarían– para algo, la economía, que nos quieren hacer ver como extremadamente complejo. Pero de cuando en cuando nos llegan noticias sobre grandes empresas que se tambalean o incluso llegan a caer por haber perdido el favor de sus clientes. Una mala decisión, un simple descuido, un competidor más avezado, y la voluble fidelidad de los consumidores se quiebra.

Algo, pues, sí tenemos que decir los ciudadanos en todo ese maremágnum teórico de la macroeconomía. Sin embargo, callamos. Esto es, no usamos ese potencial de influencia en la economía y la política que como consumidores tenemos. No hablo de boicots –no me gusta la ligereza con que a veces se plantean ni los oscuros intereses que a menudo esconden–, sino de ejercer el derecho a decidir, libre y consecuentemente, en qué y dónde gastamos nuestro dinero.

Lo de la libertad se entiende sin más explicación, todos lo asumimos. Lo de la consecuencia, sin embargo, no es algo que tengamos tan claro. Tiene que ver con la que debiera ser lógica –y en un momento como el actual, creo que necesaria– correspondencia entre nuestras ideas y principios y nuestros hábitos y prácticas de consumo.

De nada sirve maldecir y condenar públicamente a empresas y bancos si después seguimos consumiendo sus productos y servicios y siendo sus clientes. Si consideramos –o aún mejor, sabemos– que algo se ha hecho mal y nos afecta –de manera individual o colectiva– y los responsables no lo corrigen y asumen sus culpas, lo consecuente sería mudar nuestro consumo hacia organizaciones cuyo proceder y ética profesional sean más acordes con nuestros principios.

Tampoco es algo nuevo. Hay quienes, de acuerdo con sus principios, consumen alimentos ecológicos o energías renovables, por citar dos ejemplos. Pero esa misma actitud, adoptada por muchos y extendida a otras áreas de consumo, puede suponer un motor para el cambio. No es cuestión de ponernos de acuerdo ni organizar campañas que muevan a otros a seguirnos. Se trata, simplemente, de actuar guiados por nuestros propios principios. Cada uno de nosotros. Construyendo, entre todos, ese mundo mejor del que tanto hablamos.

No es fácil, tenemos demasiados malos hábitos enquistados. Y ni siquiera sé si yo lo hago, creo que no. Pero nos lo tendríamos que pensar. Porque trabajar para intentar sobrevivir y que nuestro esfuerzo solo sirva para aumentar los beneficios de quienes nos condenan a ser cada vez más pobres no es algo que debiéramos aceptar sin oponer resistencia.

Imagen | “1964 … supermarket”, de James Vaughan, bajo licencia CC BY-SA 2.0