Annika Bengtzon y la Marca España

Annika Bengtzon, intrépida reportera de sucesos del diario sueco Kvällspressen, es un personaje de ficción creado por Liza Marklund para protagonizar su exitosa serie de novelas policiacas.

El personaje no necesita más presentación. Quien no haya leído las novelas, posiblemente haya visto alguna de las películas realizadas sobre esa serie, con la actriz Malin Crépin (en la imagen de cabecera de este post) en el papel de la periodista.

Yo veía anoche la última de las películas realizadas, que coincide –creo– con la última novela publicada de la serie, “En plats i solen” –“Un lugar en el sol” en la traducción del título al español.

Portada de Un lugar en el solLa acción transcurre en España, y más en concreto en Marbella, lugar bien conocido por la autora de la novela por ser uno de sus lugares de residencia. Allí, en una de las casas de una urbanización de lujo y en lo que según las primeras apariencias ha sido un robo ordinario, resultan muertos un matrimonio y sus dos hijas.

El padre de familia fallecido resulta ser un famoso ex jugador de hockey sueco, así que ahí tenemos a Annika volando desde Estocolmo hacia la Costa del Sol para cubrir la noticia. Como cabía esperar, finalmente no se trata de un simple robo, y siguiendo su habitual proceder la reportera se confundirá con la detective para investigar y resolver el caso. Pero no voy a ahondar aquí en la trama, no quiero desvelar lo que sucede. Lo que trae a este post la película en cuestión es la imagen que de España, representada por Marbella, se da en ella.

Antes de continuar, he de hacer una aclaración y exponer una duda. La aclaración es que no he leído la novela, por lo que desconozco si lo narrado en la película es relato fiel o libre de aquella. La duda es si, en el caso de ser relato fiel, tiene Liza Marklund algo contra Marbella.

Pero mejor me explico concretando. De acuerdo con algunas situaciones de la trama, Marbella –España por extensión– sería, siendo generosos, un lugar en vías de desarrollo, donde la civilización moderna no ha terminado de asentarse. Vamos a los hechos:

El GPS no funciona

Casi recién aterrizada Annika en la Costa del Sol comienzan sus problemas con España. Con un coche de alquiler y dirigiéndose a una cita prefijada, el navegador del coche la lleva a enfurecer después de dar vueltas y más vueltas en una rotonda sin saber por dónde debía salir de ella.

Aunque no se ven, los problemas con el GPS debieron ser más que los de la rotonda, pues llega a su cita con una hora de retraso. El hombre que la esperaba, un compatriota sueco que trabaja con la policía española, achaca los problemas del navegador a que la zona siempre está en obras, pero no deja de sentenciar que “aquí no sirve de nada el GPS”.

La mordida (1)

Acompañada de una guía local, española casada con un sueco, Annika visita la casa donde han tenido lugar los hechos. En la calle nada hace ver que aquel lugar haya sido escenario de un crimen, no hay vehículos ni sello policial alguno. Pero cuando la guía llama a la puerta exterior de la vivienda, un policía –única presencia humana en la casa– se acerca por el jardín cual mayordomo.

El policía niega la entrada a las mujeres en un principio, pero tras ser informado por la guía de que Annika era amiga de la familia y quisiera despedirse –¿de la casa?– accede a dejarlas pasar. El tour es completo, con visita a todas las habitaciones. La periodista tiene incluso la ocasión de quedarse a solas en algunas de ellas y tomar fotos con su móvil. La guía le confesará que esto ha sido posible porque ha sobornado al policía.

La conexión perdida

Por la noche, ya en su habitación del hotel, Annika intenta trabajar con su portátil. Pero la conexión a Internet es mala, pésima, y un vídeo que ha de visionar no termina nunca de cargar. La periodista no lo expresa verbalmente, pero se intuye que sus maldiciones van dirigidas a ese lugar sin civilizar en que se halla.

La mordida (2)

Si ya es extraño que un solo policía custodie el escenario del crimen y permita visitas al mismo bajo soborno, lo es aún más que ese sistema de compra de voluntades sirva para que los funcionarios de una prisión acompañen a un visitante, un simple civil, hasta la celda de un preso. Sí, hasta la misma celda. Sucede.

Escena de Un lugar en el sol

Así pues, cobertura deficiente de GPS y Wifi y una policía y un funcionariado de prisiones fácilmente corruptibles. Un perfecto panorama de subdesarrollo en la Marbella que describe la película. Una Marbella en la que además vive Liza Marklund, autora de la novela en que se basa.

Y para rematar el retrato, ante las posibles conexiones del crimen con el tráfico de drogas, el nuevo redactor jefe del Kvällspressen –un incompetente nombrado tras renunciar Annika a ese cargo– decide, para la serie de artículos sobre el caso de la familia asesinada, rebautizar la Costa del Sol como Costa de la Cocaína: “¿Cómo van las cosas en Costa Cocaína?” –pregunta a la reportera cuando habla con ella por teléfono.

Está bien y es necesario que la ficción se tome sus licencias. De otra forma no sería ficción. Pero desvirtuar completamente la imagen de un país excede esa necesidad. Los episodios de soborno se podrían haber resuelto de otra manera más creíble, menos disparatada –¿en qué país alguien llega a una cárcel y tras pedir ver a tal o cual preso es conducido sin más, con soborno o sin él, hasta su celda?–, y las deficiencias de cobertura no aportan nada a la trama salvo hacer notar, precisamente, el grado de subdesarrollo tecnológico del lugar donde los hechos acontecen.

Esto me hace regresar a la duda que ya expuse anteriormente. Si el guión de la película es reflejo fiel de la novela –que como dije no he leído–, ¿tuvo problemas Liza Marklund con la conexión a Internet en su casa marbellí? ¿Se perdió alguna vez en las carreteras o ciudades andaluzas por culpa del GPS? Y en el caso de ser esos episodios licencia del guionista o guionistas, ¿qué les ha hecho Marbella para tratarla tan mal?

Como sea, no es algo nuevo. Si la Marca España dependiera de la imagen que del país se da en muchas películas y series de televisión extranjeras, mejor que nos rindiéramos. Solo espero que ningún ciudadano sueco –o extranjero en general– de los que se creen todo lo que la televisión cuenta, aunque sea pura ficción –y de éstos los hay en todas partes–, haya decidido alguna vez alterar su plan de vacaciones por culpa de las vicisitudes y contratiempos de Annika Bengtzon en la Costa del Sol.