Porque el cliente ya no tiene la razón… pero es posible que le queden principios

1964 ... supermarket

Quizá resulte ingenuo imaginar –o tal vez no, que ya casi nada puede sorprendernos– que accionistas y altos ejecutivos de grandes corporaciones ignoren que en el origen de los millonarios beneficios de sus empresas se halla esa gran masa de ciudadanos que ahora sufren y soportan esta profunda crisis económica cuyo final somos incapaces de vislumbrar. Ellos son, en último término, quienes aportan ese consumo necesario para que sigan convenientemente lubricados los engranajes de la economía.

La fábrica de muebles necesita que los trabajadores de la vecina fábrica de electrodomésticos ganen lo suficiente para reponer regularmente el mobiliario de sus casas. Y viceversa. O los bancos, tan aparentemente alejados de la realidad cotidiana de sus clientes, necesitan de éstos para mantener activos sus negocios.

Puede que resulte un planteamiento demasiado simple –sé de algunos que así lo considerarían– para algo, la economía, que nos quieren hacer ver como extremadamente complejo. Pero de cuando en cuando nos llegan noticias sobre grandes empresas que se tambalean o incluso llegan a caer por haber perdido el favor de sus clientes. Una mala decisión, un simple descuido, un competidor más avezado, y la voluble fidelidad de los consumidores se quiebra.

Algo, pues, sí tenemos que decir los ciudadanos en todo ese maremágnum teórico de la macroeconomía. Sin embargo, callamos. Esto es, no usamos ese potencial de influencia en la economía y la política que como consumidores tenemos. No hablo de boicots –no me gusta la ligereza con que a veces se plantean ni los oscuros intereses que a menudo esconden–, sino de ejercer el derecho a decidir, libre y consecuentemente, en qué y dónde gastamos nuestro dinero.

Lo de la libertad se entiende sin más explicación, todos lo asumimos. Lo de la consecuencia, sin embargo, no es algo que tengamos tan claro. Tiene que ver con la que debiera ser lógica –y en un momento como el actual, creo que necesaria– correspondencia entre nuestras ideas y principios y nuestros hábitos y prácticas de consumo.

De nada sirve maldecir y condenar públicamente a empresas y bancos si después seguimos consumiendo sus productos y servicios y siendo sus clientes. Si consideramos –o aún mejor, sabemos– que algo se ha hecho mal y nos afecta –de manera individual o colectiva– y los responsables no lo corrigen y asumen sus culpas, lo consecuente sería mudar nuestro consumo hacia organizaciones cuyo proceder y ética profesional sean más acordes con nuestros principios.

Tampoco es algo nuevo. Hay quienes, de acuerdo con sus principios, consumen alimentos ecológicos o energías renovables, por citar dos ejemplos. Pero esa misma actitud, adoptada por muchos y extendida a otras áreas de consumo, puede suponer un motor para el cambio. No es cuestión de ponernos de acuerdo ni organizar campañas que muevan a otros a seguirnos. Se trata, simplemente, de actuar guiados por nuestros propios principios. Cada uno de nosotros. Construyendo, entre todos, ese mundo mejor del que tanto hablamos.

No es fácil, tenemos demasiados malos hábitos enquistados. Y ni siquiera sé si yo lo hago, creo que no. Pero nos lo tendríamos que pensar. Porque trabajar para intentar sobrevivir y que nuestro esfuerzo solo sirva para aumentar los beneficios de quienes nos condenan a ser cada vez más pobres no es algo que debiéramos aceptar sin oponer resistencia.

Imagen | “1964 … supermarket”, de James Vaughan, bajo licencia CC BY-SA 2.0