Esa “persona”, entre comillas

Esta mañana, el fiscal que lleva el caso del presunto parricida de Moraña hablaba en una televisión nacional. Ocupado en otros asuntos, no prestaba especial atención a sus palabras, pero no he podido dejar de advertir que en cierto momento se refería al acusado del terrible crimen como “esa ‘persona’, entre comillas”.

Más allá de mis dudas sobre la conveniencia de que un fiscal se deje entrevistar por los medios durante la instrucción de un caso, me ha sorprendido el prejuicio que esa expresión encierra referida a un “presunto” criminal, aún no jugado. Y me ha llevado a la reflexión de cómo tenemos por costumbre intentar relegar a una condición “no humana” a todo aquel que comete actos que nos horrorizan.

Si el acusado del asesinato de sus propias hijas es declarado finalmente culpable, podremos decir de él, con toda justicia, que es un asesino, un criminal. Pero esto, por más que pretendamos alejarle del modelo humano aceptable, benéfico, incluso virtuoso, no le convierte en “no persona”.

Lo sabemos, pero no obstante seguimos utilizando términos como bestia, animal, monstruo, etc., para definir a quienes exceden los límites de lo que consideramos admisible dentro del comportamiento humano. Como si el clasificar a esos individuos en grupos no humanos estableciera de forma inequívoca la distancia que existe entre ellos y nosotros.

Sin embargo, no siempre es así. Nos resulta fácil etiquetar las conductas criminales, aberrantes o violentas de los que son nuestros iguales, de quienes podrían vivir en la puerta de al lado, junto a nosotros. Pero nos cuesta más aplicar el mismo criterio con muchos de aquellos que desde las alturas del poder, y sin mancharse las manos, son a veces responsables últimos de grandes tragedias humanas.

Ayer mismo naufragaba de nuevo en el Mediterráneo, frente a la costa libia, un barco repleto de inmigrantes, con el resultado de muertos y desaparecidos que sí son, eran, personas, sin entrecomillar el término. Y este naufragio –la sucesión de ellos que se viene dando últimamente– tiene responsables, si bien lo más probable será que nunca se les señale ni sean juzgados por ello.

En el caso concreto de la serie de naufragios en el Mediterráneo, diversas organizaciones de ayuda culpan a los políticos europeos de estar dejando que el mar les haga el “trabajo sucio” ante el problema de la emigración masiva hacia Europa. Es decir, de dejar morir a los inmigrantes sin mover un dedo para solucionar ese problema.

Es una acusación grave, pero no descabellada. Sería larga la lista de políticos, mercaderes, especuladores, que antes y ahora colaboran con tiranías, inician guerras o provocan crisis económicas que generan multitud de víctimas inocentes. Centenares, miles, de muertos, heridos y desplazados de los que son responsables sin que el dolor causado les afecte ni justicia alguna, en la mayoría de los casos, les pida cuentas.

¿Tendríamos también que entrecomillar el término “persona” al referirnos a ellos? Deberíamos hacerlo, si es que creemos en esos límites del comportamiento humano y pensamos que quien los quebrante ha de pertenecer necesariamente a una especie diferente de la nuestra. Pero la realidad es otra. Son personas que admiramos, votamos, encumbramos, sin pararnos a pensar en el sufrimiento que sus ambiciones provocan.

¿Será que al final, en mayor o menor grado, somos todos “personas” entre comillas?

El machismo conveniente

Isabel Pantoja, Ana Mato, Cristina de Borbón… Tres mujeres de reconocida independencia, con carreras propias –en lo artístico, lo político, lo profesional–, que cuando han sentido sobre sus cabezas el peso de la acusación no han dudado en despojarse de esa condición de mujeres independientes para descargar la responsabilidad de sus presuntas culpas en el otro: “Mire usted, señor juez, que yo, ni remota idea de lo que tramaba mi santo”.

En el caso de la menor de las infantas de España, las filtraciones que publica la prensa sobre su declaración hoy mismo ante el juez aseguran que ha argumentado en su defensa que “confiaba mucho en su marido” y desconocía el funcionamiento y gestión de las organizaciones cuyas actividades han llevado a la pareja ante los tribunales.

Sin menoscabo de la justa presunción de inocencia, creo que para el común de los mortales –salvo crédulos bienintencionados e interesados en cualquier forma en defender la inocencia de la infanta– resulta una pobre excusa. Cuesta imaginar, con los indicios y pruebas disponibles, que Cristina desconociera el trasfondo de esas actividades de las que ahora declara haberse mantenido al margen.

Aunque no podemos reprochar a la infanta –ni a cualquier otro imputado o acusado– su voluntad de defenderse con cualquier argumento a su alcance, por ridículo que nos parezca. Lo preocupante es que sean sus abogados quienes diseñen esa estrategia de defensa y menosprecien la inteligencia de la justicia y los ciudadanos sosteniendo que Cristina siempre actuó por “fe y amor a su marido”.

Una curiosa tesis que ya algunos medios se encargaron de desmontar desde el punto de vista jurídico, pero que, desde otra perspectiva, nos retrotrae a un tiempo afortunadamente ya pasado en que la dependencia absoluta de la mujer casada, sometida sin posibilidad de escapatoria digna a la caprichosa voluntad del marido, no era una oportuna excusa sino una triste realidad. Usar en estos tiempos ese argumento –por más que ahora se vista de “fe y amor”, frente a la antigua imposición política– es, sencillamente, ignominioso.

In silence

Mujeres que por su posición –social, política, institucional– debieran ser ejemplo de conducta no pueden prestarse a esa farsa del “machismo conveniente” para salvarse del castigo por errores que nunca debieron cometer. Esa misma posición que les ha concedido privilegios reclama como contrapartida responsabilidades. Una de ellas, contribuir a la igualdad dignificando el papel de la mujer en la sociedad. Justo lo contrario de lo que hacen con sus lamentables alegaciones exculpatorias.

Si son inocentes –y no soy yo quien pretenda ponerlo en duda–, que lo demuestren. Pero que no recurran a los fantasmas del pasado para justificar torpemente sus presuntas malas acciones. Solo eso, con independencia de lo que determinen los tribunales, merecería un simbólico pero firme castigo. El de la sociedad mostrando su desprecio.

Imágenes | “El otro lado”, de ::: M @ X :::, bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0 / “In silence 2”, de Eddi, bajo licencia CC BY 2.0