Humanitario

Si algo incorregible tiene el periodismo es su tendencia a retorcer el idioma y acuñar términos imposibles que, para desgracia –y por culpa– de todos, terminan instalándose en el vocabulario común. El actual drama de los refugiados sirios intentando llegar a los países europeos ha servido a informadores y opinantes para recuperar con fuerza una de esas horrendas y erróneas expresiones: “crisis humanitaria”.

Periodistas de renombre y tertulianos muy dignos y sesudos no encuentran reparo en acudir al término para describir la masiva llegada a Europa de personas que abandonan su patria huyendo del horror y la crueldad de una guerra despiadada e interminable. La expresión, atendiendo al contexto en que la utilizan quienes sin pudor la esgrimen, parece ser que debiera también transmitirnos el sufrimiento que padecen esas personas, su angustia, su desesperanza. El destierro y el dolor adjetivados como “humanitarios”. Tremendo.

Regugiados sirios

Pero indudablemente mucho mejor de lo que yo pueda aquí hacerlo ya reflexionó Fernando Lázaro Carreter sobre lo horripilante del término, con su ironía y humor característicos, en uno de sus “dardos”, artículos en prensa dedicados a poner de relieve el maltrato hacia la lengua española por parte de los medios de comunicación –al final de este post menciono los dos libros que compilan esos artículos.

Data el citado artículo, titulado “Humanitario” –al igual que este post, como homenaje–, de 1994. Cito aquí el comienzo de dicho texto:

Los brutales acontecimientos de Ruanda han sido calificados por bastantes medios de comunicación como catástrofe “humanitaria”, cuando es precisamente lo humanitario lo menos catastrófico de aquel horror. De nuevo, atropellados comunicadores mal avenidos con el idioma español, han vuelto a incurrir en desidia profesional agrediendo con ella a lectores y oyentes. […]

[…] Se ha producido en tales agresores el pueril entusiasmo que desencadena en los niños un juguete nuevo. Porque es evidente –pues ignoran su significado– que desconocían aquel adjetivo, y lo han descubierto con motivo del horror ruandés, por la “ayuda humanitaria” a que ha dado lugar. Les ha gustado mucho, y han interpretado tal expresión como vagamente alusiva a la humanidad: “humanitario” sería algo así como ‘que tiene que ver con los humanos’, representados en este caso por aquel mísero pueblo de África. Ignoran de ese modo, cuadrupedalmente, que lo “humanitario” es lo que «mira o se refiere al bien del género humano», y más esencialmente, lo que se siente o se hace por humanidad, es decir, por «sensibilidad o compasión de las desgracias de nuestro semejantes», según define el Diccionario.

Continúa el artículo –de muy recomendable lectura, como todos los “dardos” de su autor– con ejemplos y razones sobre lo erróneo del término, pero ya en este inicio apunta el académico hacia la raíz del problema: al periodismo, tan proclive a adjudicar etiquetas, le importa más bien poco la corrección idiomática. Lo suyo es la grandilocuencia, el sensacionalismo incluso, aunque para alcanzarlos haya de inventar nuevos palabros o cambiar el significado a los vocablos ya existentes. Y un simple “crisis humana” –expresión correcta, como señala Lázaro Carreter– no suena ni de lejos tan impactante como el “crisis humanitaria” al que los periodistas siguen acudiendo cada vez que un colectivo humano pasa por una trágica situación.

Si el bueno de Don Fernando levantara la cabeza, podría comprobar que sus apreciaciones han hecho poca mella en el empecinado errar periodístico, y que la agresión al idioma –como otras muchas de las que advirtió en sus artículos– pervive aún años después de que avisara de ella. Aunque seguro que ya entonces sabría el académico que de nada sirve pretender corregir a quien encuentra la excelencia en sus errores.

Porque, parafraseando la máxima periodística atribuida a William Randolph Hearst, podríamos asumir como establecida otra norma no escrita del periodismo: “No dejes que tu preocupación por el uso correcto del idioma te estropee un buen titular”.

Imágenes | “Joven madre cruzando la frontera siria con su bebé”, de ACNUR — UNHCR, bajo licencia Creative Commons (CC BY-NC 2.0) / Refugiados sirios en Budapest, Hungría, esperando poder continuar su viaje hacia Austria y Refugiados sirios llegando en bote a una playa de la isla griega de Kos, ambas de la International Federation of Red Cross and Red Crescent Societies bajo licencia Creative Commons (CC BY-NC-ND 2.0)

La vida exagerada

Hace unos días, un atleta español era entrevistado por una cadena de televisión tras vencer en una prueba internacional: la carrera había sido “muy muy dura”, los rivales “muy muy fuertes”.

No pongo en duda el mérito de nuestro atleta en esa victoria, ni la dureza de la prueba o la fortaleza de sus competidores. Las imágenes que acompañaban a la entrevista así lo atestiguaban. Pero no dejó de resultarme curioso que el deportista necesitara recalcarlo con el especial énfasis que aportaba el doble muy, repetido como por miedo a que un solo adverbio superlativo no llegara a denotar toda la contundencia del sumo grado que quería expresar.

Inevitablemente recordé la profusa utilización en los últimos tiempos de algunos prefijos también superlativos (super, mega, hiper…) que parecen haber llegado con el ánimo de desterrar a sufijos que durante siglos cumplieron escrupulosa y calladamente su función, sin el afán de notoriedad que sus sucesores revelan.

Así, lo que antes era “monísimo” se califica ahora de “supermono”, como si la irrupción del prefijo aportara un extra de gracia y lindura que el sufijo no acierta a destacar. En realidad, ambos términos significan lo mismo. Y desconozco por qué, en algún momento, alguien decidió que usar super era más moderno y más guay. Aunque en el ejemplo concreto aquí utilizado el uso del sufijo no deje lugar a dudas y el del prefijo nos pueda hacer pensar también en un mono particularmente grande, nada lindo ni agraciado.

Otro desplazamiento en esa dirección, si bien ya fuera del ámbito estricto de los superlativos, me preocupa particularmente. No sé cuándo se produciría el transvase de significado, pero ahora ya nada “nos impresiona”, todo “nos impacta”.

Confieso, y soy sincero, que la idea de que algo me impacte me desasosiega. Me hace recordar esa sensación de propio dolor cuando presenciamos un violento percance ajeno. Ese contener por un instante la respiración, empatizando con el sufrimiento del afectado, al contemplar cómo una pierna se quiebra o una rodilla se sale de su sitio. Algo similar siento al imaginar que puedo recibir un impacto, de donde sea que venga y como quiera que se produzca. Casi me duele ya antes de recibirlo.

Pero imagino que de eso se trata, de comunicar sensaciones extremas. Y decir que algo nos ha impactado suena mucho más dramático, transmite mucha más tensión, que reconocer que nos ha causado impresión. ¿Por qué quedarnos simplemente impresionados cuando por la misma causa –y al mismo precio– podemos ser objeto de un tremendo impacto? Pues eso.

Si acudimos a la RAE en busca de arbitrio para este dilema, comprobaremos que es correcto el uso de ambos términos, aunque la consulta nos aporta algún matiz. El verbo impresionar, en su segunda acepción, ofrece este significado:

Impresionar: Conmover el ánimo hondamente.

Impactar, por su parte, y también en su acepción segunda, dice lo siguiente:

Impactar: Impresionar, desconcertar a causa de un acontecimiento o noticia.

Como se puede comprobar, el verbo de moda hereda significado del que está cayendo en desuso. Esto es, estamos dando más valor a la copia –para mí una mala copia– que al original. Con un agravante más: cualquiera de nosotros puede ser impresionable, pero ¿impactable?

No sé ni cómo ni por qué, pero nos hemos instalado, también en el lenguaje, en el territorio de lo superlativo, de lo sobredimensionado, de lo espectacular. Parece que todo lo que nos rodea ha de ser o suceder en grado extremo, acariciando la frontera de lo inaudito. Que la vida no existe si no la forzamos hasta sus últimos límites incluso en los pequeños actos cotidianos.

Vivimos una vida exagerada, y todo lo exagerado es irreal. ¿Acaso será eso lo que buscamos en la exageración, huir simbólicamente de la realidad? No, esto resulta demasiado profundo para encontrar expresión en un “super”, un “muy muy” o algún que otro “impacto”. Es muy posible que la razón sea mucho más banal. Quizá solo se trate de intentar darnos importancia. Una importancia irreal. Sin más.