La mítica (y mística) belleza del jacinto

Ayer, 17 de agosto, fue mi santo: San Jacinto.

He de reconocer, antes de continuar, que de niño, de adolescente incluso, mi nombre no me gustaba demasiado. Al fin y al cabo, era uno de los nombres elegidos por algunos humoristas para bautizar a personajes risibles, tipos simples de corto entendimiento, cuando no directamente tontos. Y alguna que otra broma tuve que sufrir a costa de eso. Afortunadamente, el mal de afección por los comentarios u opiniones de otros se cura con el tiempo, y mi nombre y yo aprendimos a convivir en armonía, teniendo ambos bien claro dónde se hallaba la raíz de nuestra personalidad.

Pero no adelantemos conclusiones. Como decía, ayer fue mi santo. Un día en el que cada año, en el santoral católico, se conmemora a San Jacinto de Cracovia (1175–1257), dominico y patrón de Polonia.

Comparto pues nombre con el santo polaco –que tampoco responde al arquetipo del que se mofaban los humoristas– y supongo que él conocería también el curioso origen de nuestro apelativo, inmerso en la fantástica riqueza de la mitología griega. Resumiendo:

Jacinto era un apuesto joven de Esparta, del que Apolo quedó prendado, dedicándole toda clase de atenciones. Un día en que, junto a otros jóvenes, jugaban a lanzar el disco, éste impactó en cierto momento contra Jacinto, resultando muerto por el golpe.

Sobre el mortal impacto existen dos versiones. Una cuenta que fue Jacinto quien, después de un lanzamiento de Apolo, corrió a atrapar el disco, con tan mala suerte que, tras rebotar éste en unas rocas, le acabó golpeando fatalmente. La otra versión atribuye a Céfiro, dios del viento, la responsabilidad sobre su muerte. Deseoso de los favores de Jacinto, y celoso ante la preferencia de su amado por Apolo, habría sido él quien desvió la trayectoria del disco para que impactara en el joven espartano.

Como fuera, Jacinto cayó muerto. Y en lo que sí coinciden ambas versiones de la leyenda es en que de su sangre, derramada por el suelo, brotó la flor que lleva su nombre: el jacinto.

La muerte de Jacinto
“La muerte de Jacinto”, según Jean Broc (izquierda), Alexander Kiselev (centro) y Giambattista Tiepolo (derecha).

Una –aunque dramática– bella historia de la que surgió una bella flor. Y que debería bastar para reconciliar a cualquier Jacinto con su nombre, si es que éste le incomoda.

Pero más allá del origen de mi nombre o del de cualquier otro que pueda llevar a chanza, existe otra razón más poderosa para erradicar el sentimiento de rechazo. Basta reflexionar sobre cómo suenan esos nombres en personajes reputados, de prestigio. Son los mismos nombres, pero cobran otran dimensión, suenan diferente. Incluso bien.

¿Por qué? Porque lo que somos no viene determinado por cómo nos llamemos sino por lo que hacemos. Y si esto es digno de respeto, elogio o admiración, a nadie –salvo a los necios– le preocupará lo más mínimo cuál es nuestro nombre.